Enrique Ubieta Gómez (Granma) II: Lo que dice y no dice Obama.

http://www.granma.cu/obama-en-cuba/2016-03-23/lo-que-dice-y-no-dice-obama-23-03-2016-00-03-32

El Presidente Obama es un buen comunicador. Significa que sabe colocar las palabras, los gestos, la mirada. Parece como si improvisara, pero tiene frente a sí un “teleprompter” que el público no percibe. Su lógica discursiva va de­jando espacios de aire que eluden, minimizan o manipulan los hechos. El pueblo cubano no alberga sentimientos de odio hacia el pueblo estadounidense, y escucha al Presidente que propició el reinicio de relaciones diplomáticas con disposición amistosa. Ello no significa que no perciba los saltos. Quizá, en una de esas frases dichas sin demasiado énfasis, radica la primera confusión: si bien es cierto que el go­bierno estadounidense y el cubano fueron ad­versarios y no sus pueblos, este último y su pue­blo compartieron durante estas décadas de confrontación similares ideales y propósitos. No podría entenderse la sostenibilidad de esa Revolución y la ineficacia de un bloqueo que ocasiona enormes dificultades en la vida cotidiana de sus ciudadanos, si no se parte de esa premisa. No podría entenderse la legitimidad de cada conquista revolucionaria, si no se co­no­ce además la historia de las relaciones entre los dos países.

El Presidente Obama introduce esa historia con una alusión simbólica a las aguas del Estre­cho de la Florida, a los que van y vienen de un lado al otro. Habla de los sufrimientos del “exiliado” cubano —término que obvia el hecho de que este suele pasar sus vacaciones, sin peligro alguno, en Cuba, o incluso, como se ha puesto de moda, sus años finales de vida al am­paro del sistema estatal cubano de salud—, que se­gún el discurso oficial de su gobierno, va en busca de “libertad y oportunidades”, pe­ro no aclara si se refiere a los torturadores, asesinos y ladrones del ejército batistiano que hu­yeron a los Estados Unidos en los primeros me­ses de la Revolución, a los niños que fueron separados de sus padres en virtud de una propaganda mentirosa y un criminal Programa de­nominado Peter Pan, a los médicos o deportistas incitados a desertar de sus misiones de solidaridad o de eventos internacionales, con la promesa de una vida material más holgada o jugosos contratos, o a los que, cansados del blo­queo, o de vivir en un país digno pero pobre, saltan en balsas hacia el llamado Primer Mundo, al amparo de la política de pies secos-pies mojados y de la Ley de Ajuste Cubano, que politiza la decisión de todo inmigrante.

Cuando expresaba sus sentidas condolencias y su solidaridad hacia el pueblo belga por los atentados terroristas que acaban de producirse en Bruselas, con el lamentable saldo de más de 30 muertos, los cubanos sentimos esa he­rida como propia: en estas décadas de aco­so, el terrorismo con base en territorio norteamericano ocasionó 3 478 muertos y 2 099 in­capacitados. Algunos de esos “exiliados”, cu­yos sufrimientos dice comprender, han ejercido o ejercen el terrorismo, en Cuba y en los Es­tados Unidos. Posada Carriles, coautor intelectual de la voladura de un avión civil cubano en pleno vuelo y responsable de la muerte de to­dos sus pasajeros y tripulantes, vive tranquilamente en Miami. Por eso nos pareció un acto de justicia imprescindible que liberara a los tres cubanos que aún permanecían presos en aquel país por combatir el terrorismo, el mis­mo día que ambos presidentes anunciaban la intención de reanudar relaciones.

Sin embargo, reconozco que avanza un po­co más cuando reconoce que “antes de 1959 al­gunos estadounidenses consideraban que Cu­ba era algo a ser explotado, no prestaban atención a la pobreza, permitían la corrupción”, y agrega, “yo sé la historia, pero no voy a estar atrapado por la misma”. Entonces, recita el ver­so de José Martí, “cultivo una rosa blanca” y declara: “como Presidente de los Estados Uni­dos de América, yo le ofrezco al pueblo cu­bano el saludo de paz”.

Eso, lo apreciamos. No citaré a José Martí, aunque podría traer a colación sus muchas observaciones críticas y ad­verten­cias sobre la “democracia” estadounidense. Solo diré que el camino que quería para Cuba no era ese.

¿Por qué ahora?”, pregunta Obama, y se res­ponde con naturalidad: “Lo que estaba ha­ciendo Estados Unidos no funcionaba”. Pero, ¿no funcionaba?, ¿no sería mejor decir que era inmoral?, ¿que causaba sufrimientos, e incluso muertes? “El embargo hería a los cubanos en vez de ayudarlos”. Nos hería en nuestros sentimientos de pueblo digno, sí, pero también afectaba nuestras vidas. El bloqueo es criminal. ¿No debía acaso pedir perdón, en nombre del Estado que representa, a todos los cubanos? La expresión “no funcionaba”, alu­de, aunque no lo exprese de manera directa, a la heroica resistencia del pueblo cubano, a su decisión de preservar su independencia y su soberanía, y también a la perversa razón del cambio: si no funcionaba, hay que hacer algo que funcione (algo que los obligue o los conduzca a hacer lo que queremos que hagan). Me parece que el sentido del cambio se esconde en esa expresión.

Hay un problema adicional con ese efectista ofrecimiento del saludo de paz: la Ley de Ajuste Cubano, la política de pies secos-pies mojados, la política de estímulo a la deserción de médicos y deportistas, y el bloqueo económico, comercial y financiero, siguen vigentes. Del territorio ocupado en Guantánamo durante una centuria contra nuestra voluntad, ni una sola palabra. Entonces, ¿cuál es la rama de oli­vo?, ¿dónde está la rosa blanca? Obama ha abierto un camino que se inicia con el restablecimiento de relaciones, y que pasa por muchas disposiciones ejecutivas antes de que el Con­greso se disponga a cancelar las leyes del bloqueo. En ese camino, todavía puede hacer mucho más.

“Vine aquí para dejar atrás los últimos vestigios de la guerra fría en las Américas”, declara de manera solemne.

Entonces, ¿acepta la con­vivencia civilizada que Cuba propone, con un Estado socialista a 90 millas de sus costas?, ¿dejará que Venezuela, Ecuador, Bolivia, Bra­sil, y todos los pueblos latinoamericanos decidan sin injerencia alguna sus destinos? “He­mos desempeñado diferentes papeles en el mundo”, dice con honestidad, aunque no creo que comprenda o acepte el papel asumido por el imperialismo, que pese a todo representa. “Hemos estado en diferentes lados en diferentes conflictos en el hemisferio”, agrega. Es un tema delicado, porque los sucesivos gobiernos estadounidenses apoyaron a Batista, a los So­moza, a Trujillo, a Pérez Jiménez, a Stroessner, a Hugo Bánzer, a Pinochet, a Videla, etc. Y com­batieron a  Cárdenas, a Arbenz, a Torrijos, a Velazco Alvarado, a Salvador Allende, a Chá­vez, a Evo… “Tomamos diferentes caminos para apoyar al pueblo de Sudáfrica para que erradicara el apartheid, pero el presidente Cas­tro y yo, ambos, estuvimos en Johannesburgo pagándole un tributo al legado de Nelson Man­dela”, afirma y no sé a qué apoyo se refiere, porque el gobierno que encarceló a Man­dela fue un aliado estratégico de Washington, aunque él era apenas un niño en aquellos años. Cuba pagó su tributo a Mandela con la sangre derramada por sus hombres y mujeres en la selva africana, mientras rechazaba junto a los combatientes angolanos la invasión de la Sudáfrica racista.

El Presidente Obama sabe que el pueblo cubano aprecia y defiende la independencia conquistada, por eso reitera que “Estados Uni­dos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba, los cambios de­penden del pueblo cubano (…) conocemos que cada país, cada pueblo debe forjar su propio destino, su propio modelo”. Sin embargo, la “nueva era” presupone “sus” cambios… en Cuba. Primero enumera los “valores” que todo país debe compartir, y algunas medidas que Cuba en particular debe aplicar. Luego, no tan veladamente, establece condiciones: “aunque levantemos el embargo mañana —dice— los cubanos no van a alcanzar su potencial sin ha­cer cambios aquí en Cuba”. Cree que puede ga­narse la voluntad de los jóvenes: “estoy apelando a los jóvenes de Cuba que tienen que construir algo nuevo, elevarse.

¡El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano!”, como si no lo estuviera desde 1959. Y afirma: “yo sé que el pueblo cubano va a tomar las decisiones correctas”. También yo lo sé. La diferencia estará sin dudas en el criterio de corrección o de conveniencia que establezcamos. El modelo de sociedad al que aspiramos, no es la corrupta Miami, como propone Obama con insólita candidez.

“El pueblo no tiene que ser definido como opositor a los Estados Unidos, o viceversa”, di­ce, y utiliza un vocabulario ajeno a nuestra edu­cación política. No somos opositores a los Estados Unidos, somos hermanos de su gente de bien, sencilla y creadora, y le tendemos la mano a su gobierno, siempre que esté dispuesto a respetar el camino elegido por Cuba, que tanta sangre y sacrificios costara. “Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting”, sentenciaba José Martí. Ese es el enigma: ¿quién de los dos nos tiende la mano?

Enrique Ubieta Gómez (Granma): Dudas y certezas de una visita.

http://www.granma.cu/cuba/2016-03-22/dudas-y-certezas-de-una-visita-22-03-2016-03-03-12

El General de Ejército Raúl Castro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros recibe en ceremonia oficial a Barack Obama, presidente de los Estados Unidos de América.
Foto: Yaimí Ravelo

Que alguien nos lo recuerde, por favor. Han pasado 57 años y yo acababa de nacer. El Pre­sidente Obama no había nacido. ¿Cuál fue el punto de ruptura de Cuba y los Estados Uni­dos?, ¿por qué, apenas un año después de iniciada la Revolución, en diciembre de 1960, el Gobierno estadounidense suprimía la cuota azucarera que cada año reservaba al principal producto cubano de exportación?, ¿acaso porque se violaban los derechos humanos? No lo creo. La Revolución había derribado una dictadura que los violaba impunemente, que asesinaba a los jóvenes en las calles. Aquel ejército asesino y corrupto combatía a los insurgentes en las montañas orientales, con armas estadounidenses. ¿Por qué, si no habían roto con Batista, rompían con el recién estrenado go­bier­no revolucionario? Ah, la doctrina imperial de seguridad nacional: el país no termina donde termina, se extiende hasta las torres de petróleo del Medio Oriente o de Venezuela, has­ta cualquier lugar donde operen o pretendan operar las trasnacionales. Se le impuso el bloqueo económico, comercial y financiero a una semicolonia que se insubordinaba; algo que, ciertamente, afectaba sus intereses económicos trasnacionales.

Nuestro Presidente ha propuesto al Go­bierno de los Estados Unidos una convivencia civilizada que acepte y respete las diferencias. Pero cuando el Presidente Obama habla de que el bloqueo no produjo los resultados esperados y que ha decidido por ello cambiar de estrategia (no de fin), dudo. ¿Será posible?, ¿querrán, de verdad, ellos? ¿No será que el multipartidismo que exigen y el desarrollo de la propiedad privada que desean se asocia no a la Carta de los Derechos Humanos, sino al De­cálogo de una soñada Reconquista económica y política?

Creo que la visita de Obama es un paso positivo. Es un hombre carismático. Con su sonrisa y su inteligencia natural, conquista corazones. Nosotros, quiero decir, los cubanos de las últimas décadas, conocimos a otro tipo de líder. El candidato a un cargo político en aquella sociedad debe ser un producto apetecible para el potencial consumidor: debe saber reír con los humoristas de turno, y si es posible, hasta bailar. Los electores-consumidores lo tendrán en cuenta —se supone—, si es simpático, y parece seguro de sí. Su programa de gobierno recogerá dos o tres tópicos de gran demanda para el sector que representa y mantendrá el orden establecido. Yo agradezco que venga, y que intente capturar mis sentimientos. Pero los cubanos hemos estudiado, y eso sirve de algo: las medidas que ha tomado para desestructurar el bloqueo, en lo posible, eluden la colaboración con el Estado, que es por cierto quien asegura la salud y la educación gratuita de todos los cubanos, y la seguridad social de niños, ancianos y desvalidos. Su propósito, insiste en ello, es estimular el éxito de los llamados “emprendedores”, los pequeños y medianos propietarios. Cree que ellos abrirán el camino hacia el capitalismo cubano. El capitalismo cubano, desde luego, no sería muy cubano. Y aquí está la bola escondida; porque si las trasnacionales regresan y se apoderan del país como antes, los pequeños y medianos propietarios serían barridos. Resulta que, paradójicamente, los cuentapropistas cubanos se­rán exitosos mientras vivan en una sociedad socialista.

A pesar de estas cavilaciones incómodas, me sentí satisfecho cuando dijo: “el destino de Cuba no va a ser decidido ni por Estados Unidos ni por otra nación, el futuro de Cuba —es soberana y tiene todo el derecho de tener el orgullo que tiene— será decidido por los cubanos y por nadie más.”

¿Entenderá lo que para noso­tros significa, en términos de soberanía na­cional, que ocupen ilegalmente por más de cien años parte de  nuestro territorio en Guan­tánamo?

Si la idea es que nuestros pueblos se en­cuentren y compartan con libertad sus criterios, aceptamos el reto. Nosotros también tenemos cosas que aportar y criterios que defender; no es gratuito el interés mutuo por desarrollar investigaciones médicas conjuntas, y por colaborar en el control de epidemias que afectan por igual a todos los pueblos del mundo, como las del cólera en Haití, el ébola en África o el zika, más recientemente. Entonces, no entiendo por qué Obama, si elogia la actitud de Cuba en África, mantiene el programa que estimula la deserción de los médicos y enfermeros que colaboran en otras naciones.

La lógica de la convivencia civilizada conduce a la eliminación incondicional del bloqueo. Y descarta frases como esta: “hay mayor interés en el Congreso para eliminar el embargo. Como dije anteriormente, la rapidez con que ello suceda, en parte va a depender de que podamos solventar ciertas diferencias sobre asuntos relacionados con derechos humanos.” La no aceptación del sistema político cubano, digámoslo de una vez, nada tiene que ver con principios o convicciones humanistas, sino con intereses económicos imperialistas. Fidel y Raúl —tanto como Camilo y el Che, entre otros— conquistaron el corazón de los cubanos en 1959, no por un estudiado carisma eleccionario, sino porque primero pusieron en juego el suyo propio, porque más que con palabras —y no se puede decir que hablaran po­co— hablaron con hechos. Es el tipo de líder al que se acostumbraron los cubanos. Obama no pudo resistir la tentación de fotografiarse con la silueta del Che a sus espaldas; él nada tuvo que ver con su muerte, desde luego, pero es el Pre­sidente del imperio que la decretó. ¿In­ten­taba apoderarse del símbolo o solo se llevaba a casa un souvenir? La apropiación y la manipulación de los símbolos podría ser tema de otro artículo.

Que acepten nuestro socialismo pacífico no es un grave problema, Cuba no es una amenaza para los Estados Unidos. Pero si el imperialismo no se contiene, por naturaleza, en sus fronteras, ¿qué hacemos? Esta visita ya es histórica. Hacía 88 años que no venía un Pre­sidente de ese país; antes del 59, la colonia se administraba desde la Embajada. El puente de la confianza debe construirse desde las dos orillas.