Granma: Gades, cuando un amigo se va.

Recordar a este excepcional bailaor y coreógrafo es como un tributo, desde los aportes a nuestra nacionalidad, a España. No a la España de Velásquez ni Weyler, sino la de los milicianos de Miguel Hernández; la de Lorca; la que abrigó a Hemingway. La de Nicolás Guillén, alta, ancha, sencilla y limpia; la que hacía brotar él en su taconeo viril, cual consagración del arte y el carácter español.

Por su arte renovador, reconocida excepcionalidad como bailarín y coreógrafo, su amor por los que luchan, probada amistad y fidelidad a la Revolución, el Consejo de Estado de la República de Cuba le confirió el más alto reconocimiento del país, la Orden José Martí

En un asombroso derroche de humildad para un hombre mimado por la fama y el cariño popular, dijo a Fidel y Raúl en la íntima y familiar ceremonia: “nunca me sentí un artista sino un simple miliciano vestido de verde olivo, con un fusil en la mano para donde, cómo y cuándo, siempre estar a sus órdenes”

Lo que más me atrae en Gades es esa fidelidad a Cuba y a España. Desde 1975 hasta su muerte desdeñó las amenazas de que a causa de venir a La Habana no podría actuar en Estados Unidos. En Guantánamo, donde visitó en 1996 a los soldados que custodian las fronteras con la base naval ocupada por el gobierno de Washington, el flamenco unía a cubanos y españoles con soporte de guitarras y palmadas de lamento prematuro: Espontáneamente sus bailarines respondían al canto de reclutas trovadores de la unidad, convertían el pavimento en un tablao sinuosamente artístico en el movimiento de las manos, en ese cante jondo que debe ser la raíz del guaguancó; la rumba gitana, tan igual a la cubana, allí se puede cantar con bailaoras y bailaores: “Esa mulata, sentada en la butaca, pero qué piernas, tiene esa mulata”… Madrid es alegre y osado como La Habana, como Antonio Gades.

Alfredo Guevara, fundador del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica y uno de los mejores y más antiguos amigos de Gades, resume su arte con penetrante vuelo: “Antonio, intérprete de danzas complejas, protagonista del frenesí, fue en sus creaciones ordenador de esencias y raíces, trastornador de códigos y, como tal, fabricante de inédita belleza.”

Guevara conoció a Antonio a fines de la década de los sesenta o inicios de los setenta, junto a un grupo de amigos antifranquistas activos en Madrid, entre ellos Antonio Eceiza y Muñoz Suai. En 1975 Guevara organizó la primera visita del bailaor a la isla antillana “su máxima aspiración durante muchos años”, para presentar Bodas de Sangre en La Habana, en Matanzas y en Santiago. Declaró que se sentía aquí como lo que es “el hijo de un combatiente del Ejercito Republicano que ve realizado el sueño de su padre.”, aquel sencillo albañil.

Alicia Alonso lo convenció para volver a bailar en 1978, después de un período de retiro en protesta por los desmanes del franquismo. Juntos montaron el pas de deux Ab Libitum “el encuentro del flamenco con la danza clásica, con la guitarra de Sergio Vitier y los tambores de Tata Guines”, expresó Guevara.

En 1979 realizó en la isla la primera gira del recién creado Ballet Nacional de España. “No es algo accidental que comience por aquí, sino porque siento un amor especial por Cuba”, aseguró Gades. Lejos de encumbrarse más con el cargo de director, su acreditada modestia lo llevó a combatir con hechos el vedettismo. Un año y medio después fue sustituido y muchos de los integrantes del Ballet lo siguieron en la formación del Grupo Independiente de Artistas de la Danza, que trajo para actuar en Santiago y La Habana.

Gades y Cristina Hoyos terminaron deliciosamente una función en el teatro Carlos Marx de La Habana, bailando una rumba. Entre las muchas visitas públicas y privadas a la isla se cuenta la presentación del ballet Carmen en el 87.

Cuando la desaparición de la Unión Soviética, Gades reiteró su identificación con Fidel y nombró a sus hijas Tamara y Celia, “por su amor a Celia Sánchez y Tamara Bunke”. Adicionalmente homenajeo a Cuba simbolizada en la inolvidable Celia, heroína de la Sierra, a quien dedicó el ballet Fuenteovejuna, que escenificó en la isla siempre sin cobrar nada. No es por azar que su última voluntad, desde su lecho de muerte y en una hoja timbrada del hospital fue que se enviasen sus cenizas a su amigo Raúl Castro:

“Madrid, 14 de julio del 2004

Querido compadre Raúl:

Quiero decirle que mi mujer Eugenia y mis hijas María, Tamara y Celia, según mi última voluntad le entregarán mis cenizas. Haga con ellas lo que usted crea conveniente.

Jamás pensé tener el honor de llegar a ser su Compadre, pero desde que le conocí siempre estuvo dentro de mí por su firmeza, su ejemplo de verdadero comunista y su fidelidad a nuestro Comandante.

Quiero que sepa que lo único que siento es no haber hecho más por la Revolución.

Viva nuestro Comandante, Viva Raúl, Viva nuestro Partido Comunista de Cuba.

Abrazos para Colomé y para toda la familia, en particular uno muy grande para Vilma y para Usted. Siempre a sus Ordenes”.

Cuando un amigo se va/algo se muere en el alma. Pero sus restos descansarán eternamente en la tierra que amó.

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